Con el aroma aún en las manos y el viento moviendo con timidez las cortinas, David salió de la cama. Como un día cualquiera, camino hasta el ventanal del departamento, las calles vacías, sin transporte, en realidad no había lugar donde huir, la perpetua tarde que desde hace unos meses cernía sobre el mundo, el mutis infinito que consecuenta la salida del laberinto; hasta hace una semana los noticiarios gritaban histéricos el fin del mundo, cuando llego nadie supo que decir, sin dragones rompiendo las nubes, sin guerra más que las acostumbradas y que poco a poco se extinguían, los conceptos de patria, territorio, riqueza dejaron de importarle al mundo; los profetas guardaron silencio, todos tenían razón, los dioses hicieron tregua, todos tenían razón, al final la angustia sobre la muerte se detuvo, no más rituales, no más marchas, no más protestas, las prisiones igual que los cubículos se abrieron. Ante la verdad del juicio nadie se puso de rodillas.
Alba, desde la cama. –cinco minutos más.
David, desde la sonrisa que a penas sostenía el cigarrillo, no dijo nada.
-vamos al bosque… mejor al lago, anda.- Y salto de la cama tan infantil como siempre, desnuda, camino hasta el baño, por primera vez en los tres años que llevaban juntos se había olvidado de la sábana llena de pudor.
