sábado, 26 de marzo de 2011

Con-tacto humano. de Emilio Montuno


La capacidad máxima de una combi, ó pesero, como gusten llamarlo, es de 16 personas sentadas incluyendo al chofer; aunque cabemos más y cuando uno pensaría que ya es suficiente incomodidad, el ingenio propio del mexicano nos demuestra nuestro error, las nuevas combis, que miden lo mismo de ancho pero aumentadas a lo largo, ahora pretenden que vayamos de pie, en doble fila y los más osados, como el caso del transporte universitario, en triple; no conformes con ello intentan fomentar el desarrollo de aquellos que no sobrepasan el metro sesenta de estatura promedio, obligándolos a estirarse para lograr, con el tiempo, desarrollar una nueva raza de mexicanos ganadores de la medalla de oro en barras paralelas.

El problema es, cuando de proximidad corporal se trata, que todo contacto infiere la idea inconsciente de sexualidad; cuando un extraño invade nuestro espacio personal lo más común es retroceder un paso atrás o hacia cualquier lado, permitiéndonos recuperar nuestra intimidad; el transporte público no lo permite, por ello nos refugiamos en el lejano horizonte, nos aislamos como mecanismo de defensa perdiendo contacto con el mundo exterior por lo que dura el trayecto, volviendo a él sólo para pedir que de favor pasen el pasaje (cosa que por cierto eliminado el pintoresco ícono del cobrador que grita los nombres ganadores en la lotería de clases sociales divididas en colonias residenciales o de interés socia); es por ello que propongo cambiar el mote de pesero; por el de “sardina” y no por aquel pequeño animalito que alimenta a los delfines, sino, porque eso parece el transporte público, habría que sentir el olor a sexualidad reprimida que expiden a las dos de la tarde; simplemente las feromonas se aprovechan tanto como un perfume caro en las manos de un niño.

Ahora bien, esto podría explicar, porqué, el ser humano se aísla cada vez más cual victima de una violación que se repite a diario, también es obvio que la respuesta no la encontraremos como hacen los administradores del metro de la ciudad de México, donde en las horas pico los vagones se dividen según el sexo, ¡señores! la sexualidad es inherente al ser humano; cada vez nos cobran más por la incomodidad y como no si un viaje en sardina dura más que un privado en el table.

domingo, 20 de marzo de 2011

Dialéctica callejera por Emilio Montuno

Avenida Revolución es equiparable a Campos Elíseos, si uno quiere pasear tranquilamente con una dama que no por ser Margarita Gautier deja de serlo; calle de primeros besos y discusiones públicas; hay ciudades que son una calle, ejemplo Tizayuca y algunas que son una ciudad; yo vivo en un callejón y me crie en ellos, las venas de Pachuca bajan de los cerros a falta de agua sobra viento, numen, que eleva coloridas flores en verano; yo mismo me vi frustrado al ver mi papalote atorado en la antena de alguno de mis desconocidos vecinos que poco después veía subir a su azotea buscando mejorar la señal de TV.

La idea de hacer de los problemas un papalote me lleva a pensar en cómo afectamos la recepción televisiva de nuestros vecinos, cómo estamos a punto de perder los 15 minutos de fama que prometiera Andy Warhol; pero más que nada, en la excelente recepción de las casas de interés social, el chisme en algún momento funciono como medio de control social pero ahora no conocemos a nuestros vecinos ni nos interesa, así los sonidos provenientes de la casa de al lado sirven para entretener o para interrumpir los pequeños minutos de paz del hogar moderno, convirtiéndose en un melodrama o en el mejor de los casos, eso depende si se esta solo o acompañado, en película porno. Por otro lado las discusiones callejeras tienden a ser más divertidas, el carácter histriónico de los participantes agrega elementos interesantes a un guión lleno de lugares comunes pero que aún entretiene, como los chistes de Chespirito. Ella avanza despacio, espera; él, espera y avanza rápido los papeles cambian y se repite la danza, si los actores son buenos se pasa del teatro callejero a las salas cerradas donde se agregan nuevos personajes con igual salario, la comodidad de saber que se hace exactamente lo mismo.

A mis vecinos les encanta pelearse en la calle, por dinero, por deporte, porque se creen dueños de ella; discutir no es igual a disputar, la primera exige un ejercicio dialectico y admite que las hipótesis de uno, otro u ambos estén equivocadas; la segunda, infiere tener la razón y repetir lo mismo una y otra vez asegurando siempre e irrefutablemente estar bien; en la primera se encuentra una tesis, una posible aseveración; la segunda se corre como perro tras la propia cola con el obvio problema de alcanzarla. Hagamos entonces la cabeza un papalote sin olvidar tener los pies en la tierra, para no acabar en la antena del vecino.