martes, 4 de febrero de 2014

Tres brujas. Anotaciones para los sobrevivientes al fin del mundo.


Algunos se hicieron hombres con el fuego, otros con la agricultura, y en ello se les fue el futuro.

Yo soy hombre de fuego porque vengo del agua, ahí todo crece solo, el agua reduce todo a aire, el fuego reduce todo a polvo.

Tuvimos que arrebatarlo a los dioses y desde entonces nada fue igual. Estoy aquí, en lo que antes fuera nuestra casa, Alba, me resguardo del frío y alejo las sombras alimentando el fuego, Alba, también a ti te arrebate de los dioses una mañana.

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Con la primera luz no paso nada, el día avanzo como de costumbre, el trabajo, las labores habituales; la taza de crimen descendió a cero. Se trabajaba por llenar el tiempo, por llenar la cabeza con algo que no fuera el fin de los tiempos; ya nadie recordaba ni el día ni la hora, sin embargo, la tendencia habitual al caer el sol fue dirigirse en silencio al centro de la plaza, de la mano del padre, de la madre, de la mano del hijo; se quedaron en silencio viendo la luna creciente subir en el cielo, una sonrisa llena de dientes sangrantes, un gruñido, en la conmemoración del inicio de la Guerra de la Diosa, se preparaba una vez más para devorar a sus hijos.

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Las tres brujas.


Alba, el día de tu muerte me metí al bosque, a buscar tu fantasma por última vez. A penas se asomaban un puñado de estrellas entre las tupidas copas de arboles, aquí estaba la cama, la cómoda, aquí la puerta y el piso sobre el que hacíamos el amor para no hacer ruido.

Crujir de hojas y el sonido de bestias acostumbradas a la luz.

-buenas noches.

Saludo la primera en manifestarse, con el pelo corto, delgada, alta; tras la ligera seda verde que la cubría se transparentaba su virginal cuerpo, espigas de trigo en su cabello y un brazalete de rayos en la mano izquierda, en la diestra un par de copas de vino exactamente iguales.

-tienes frío, parece el fuego no calentarte.

Desnuda, sólo se cubría de la piel de castor alrededor de la cintura, con las sandalias atadas por hilos de oro, las manos perfectas, el rostro moreno, dos iguales nunca hubieran echo como ella una, su rostro perfectamente simétrico, sin perfil, sin nuca; idéntica sólo a si misma.

-No hace falta, la noche es cálida.

Completamente desnuda, el cabello corto en risos, sujetaba entre sus brazos la bota de piel de macho cabrío rebosante de un perfumado vino.
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