Así, reduciendo probabilidades continuaron toda la noche y el día siguiente cuando la conversación toma tintes de verdadero interés y preguntas “qué haces” por mensajes; luego la inevitable necesidad de verse uno al otro y por separado, el café por la noche y las charlas sobre el trabajo.
-¿Conoces las ranas de cristal?
-No.
Por desgracia, llego el mesero a tomarles la orden y el se quedo con la idea a medias, cuando ella empezó a hablar de su fascinación por los maratones y el frizante de moras rojas, así pasaron las semanas y la cacería furtiva de algunas horas a la semana en la agenda de ella. Un mes completo de aficiones conjuntas, de acompañarla hasta su auto y detener la puerta intentando evitar que se fuera, buscándolas fuerzas necesarias, el momento indicado, la señal justa para robarle un beso y superarlos tres centímetros que lo separaban de ella cuando se despedían e inevitablemente se convertirían en varios kilómetros y días.
- ¿Conoces las ranas de cristal?
- No…
Y un automovilista impaciente a pesar de ser medianoche la interrumpió.
-Cuidado, súbete a la banqueta.
-Hasta luego.
Y cerró la puerta, otra semana de conversaciones por el chat, de buenos días y cómo estas. Al terminarla semana lo invito a un antro, <<¿un antro?>> pero algo en el fondo le decía que no podía faltar, todos los amigos en común lo invitaron, tenia que estar ahí, según los acuerdos de la última reunión de trabajo, ¡vamos todos a un antro!, <
A todo cazador furtivo le llega el arrepentimiento con la extinción, por más que salía encontraba menos huellas y más fotos en las enciclopedias.
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